Antes de la EGREM
Cristóbal Díaz Ayala • La Habana, Cuba
Desde finales del siglo
XIX un nuevo descubrimiento se iba industrializando con una rapidez
increíble: el gramófono o reproductor del sonido por medios mecánicos,
que lo fue primero del cilindro y después del disco, y entablaron una
competencia feroz para lograr el favor del público. Los EE.UU.
eran el foco principal de esa lucha comercial y su carácter
expansionista lo llevó a concebir la conquista de otros mercados donde
hubiera una clase rica y media a la que venderle sus productos. El
experimento comenzó con los nacionales de esos países asentados en
territorio norteamericano y pronto se constató que para venderle a un
cliente no sajón el entonces costoso equipo reproductor del sonido, no
bastaba con la música clásica, ni con la ópera, sino que se imponía
ofrecerles algo de la música y los artistas de su propio país. Así, los
magnates disqueros de la época —Edison, Víctor, Columbia…—comenzaron una
carrera frenética para lograr grabaciones genuinas de todos los países, principalmente de Centro y Sudamérica.
Comenzaron por grabar a los nacionales de esas regiones que vivían en
Nueva York. La cubana Rosalía (Chalía) Herrera —1864-1948— fue casi con
seguridad la primera cantante de origen latino en grabar cilindros
comerciales. Hizo entre 1898 y 1900 cuarenta selecciones para el sello
Bettini.
Cuando no había en Nueva York talento comercial, lo había en los lugares de origen. La Habana
fue de las primeras regiones visitadas. Entre 1904 y 1905 tres grandes
compañías enviaron sus equipos portátiles para hacer cientos de
grabaciones: danzones, guarachas, canciones y otros géneros cubanos y
también zarzuelas cantadas posiblemente por artistas españoles de paso
por Cuba. Como la vida y los bienes de los españoles se respetaron tras
la guerra, la
mayoría de ellos se quedaron a vivir en Cuba y se dio el increíble
fenómeno del aumento de la población de esta nacionalidad. Más de 300
mil españoles emigraron a Cuba entre 1902 y 1914. Es decir, había una
buena clientela para comprar discos zarzueleros y, con ellos, la
victrola o gramófola.
El sello Zonophone grabó aproximadamente 234 selecciones en 1904, la Edison 205 cilindros en La Habana en 1905, y en la misma fecha, la Víctor por su parte hizo unas 105 selecciones.
En años sucesivos continuaron los viajes de los técnicos de la Columbia, Brunswick y la Víctor, para hacer grabaciones en La Habana. En 1911, esta última grabó, entre otros
artistas, selecciones del barítono Emilio Sagi-Barba y de su esposa,
la soprano Luisa Vela, figuras que ocupaban un lugar importante en el
firmamento operático internacional. En 1918 también grabó con esa casa
la conocida cupletista Consuelo Mayendía.
Algo aprenderían muy pronto las disqueras. Había una diferencia esencial entre la música cubana
y otras músicas nacionales. Si estas generalmente solo interesaban a
los oriundos de esos países, la cubana interesaba a un círculo mayor de
clientes, principalmente en el Caribe, por encima de barreras
idiomáticas.
Además de sus viajes a Cuba, esas disqueras llevaban cubanos a Nueva
York, algunos de ellos fueron Adolfo Colombo, Regino López, María Teresa
Vera y el Trío Matamoros.
La viuda de Humara
En 1904 la casa
Humara y Lastra, una locería de la calle Muralla firma un contrato con
la Víctor Talking Machina Co. Fundada en 1854, esa ferretería tiene
agentes y clientes en toda la Isla y goza de un prestigio sólido. Todo
lo que la Víctor necesita para introducir en Cuba algo tan novedoso como
las victrolas de cuerda y los discos.
Dos años después empiezan las ventas, pero son bajas; unos cinco mil
pesos mensuales. En 1907 artistas cubanos comienzan a grabar con esa
empresa, que busca con esas grabaciones darle un poco de variedad a su
catálogo, donde predominan hasta ese momento las óperas, con Caruso al
frente, las marchas y los valses. Los cubanos graban en Nueva York o en New Jersey hasta que, con el tiempo, la Víctor envía, dos veces al año, sus grabadores a Cuba.
Tiene una competidora en la agencia Brunswick, pero gracias a la
viuda de Humara, la Víctor está mejor organizada que su rival. El agente
general del comerciante cubano recorre el país y sus representantes
promocionan discos y victrolas a lo largo del
territorio nacional. Hay propuestas en las que no es necesario
insistir: un fonograma de Matamoros vende 60 mil copias en pocos días.
Esas giras por el interior de la Isla permiten conocer mejor el talento
local.
En 1929, la Víctor pasa a formar parte de la Radio Corporation of
América (RCA). Comienza la decadencia del disco y el auge de la radio.
No hay problemas con el negocio. Los aparatos de radio también son fabricados por la Víctor, y Humara los distribuye. En 1935 Miguel Gabriel compra a la Víctor un equipo de grabación y lo instala en su radioemisora CMQ. Ya no se hará obligatorio salir de Cuba para grabar.
Lentamente el disco vuelve a abrirse paso y, sobre todo en música
latina, la Víctor tiene el monopolio y sus discos de 78 RPM y sus
victrolas, ya eléctricas, recogen a los artistas de moda. Se agregan a su catálogo los nombres de orquestas típicas como las de Belisario López, Cheo Belén Puig y Antonio María Romeo y, después, las de Arcaño, Arsenio Rodríguez, Chapotín, los hermanos Palau, la orquesta Gris y la Casino de la Playa.
Las cosas
cambian desde 1944 cuando se funda el sello Panart. Ya en los años 50,
la Víctor y la viuda de Humara pierden su hegemonía. Surgen los
competidores, algunos de los cuales son desprendimientos de la propia
Humara. Pero todavía en los años de plena competencia, aun cuando la
Víctor tenía en contra la demora que sufrían sus discos, que se
imprimían en el exterior; la calidad de sus artistas —Benny Moré, la Orquesta Aragón…— le daba importancia en el mercado. La tirada de un disco del Benny, en los años 50, no bajaba de las 50 mil copias.
Panart
Ramón Sabat nació en San Fernando de Camarones a comienzos del siglo XX. Estudia música, llega a dominar varios instrumentos y se va a EE.UU. En 1919 entra a formar parte de la banda de música
del EM del ejército norteamericano. Se gradúa como Ingeniero en 1928 y
empieza su carrera en la industria discográfica, primero en la Víctor,
luego en la Columbia y la Brunswick. No olvida, sin embargo, sus
orígenes y en los años 30 abre en Nueva York el primer cabaret latino
con que contó esa ciudad, decorado por el caricaturista cubano Arroyito y
en 1938 funda el sello discográfico Musicraft.
La Segunda Guerra
Mundial dio al traste con los sueños y las aspiraciones de Sabat. La
carencia de materiales lo obligó a cerrar la disquera y quedaron en
suspenso sus pretensiones cuando la Orquesta Sinfónica de Boston
abandonó su propósito de poner en marcha una fábrica de discos, que él
dirigiría. Pero no se
amilana. Sin pensarlo dos veces compra la maquinaria rechazada por la
sinfónica y contra viento y marea la trae y la monta en Cuba, en la
calle San Miguel, 410. A partir de ahí, entrena el personal que laborará
en el estudio y en la planta.
Surgía así en Cuba el sello Panart (Arte Panamericano, invertido). Su
primera grabación es “Hoja seca”, cantada por Carlos Alas del Casino en
un disco de 78 RPM. Corría el año 1944.
Había músicos y cantantes. Había fábrica. Faltaba el público. El
mercado era mínimo, sobre todo para la música popular y lo seguía
cubriendo en casi su totalidad la RCA Víctor. Más que disputarse los
pocos clientes que ya existían, Sabat pensó que lo mejor era crear una
nueva clientela, lo que resultaba más difícil que crear el estudio y la
fábrica. Para logar este objetivo, Sabat tuvo que fabricar y vender casi
al costo pequeños tocadiscos que se acoplaban a los radios existentes y
la industria victrolera importó máquinas para colocarlas en cantinas,
bodegas y cafés, con el recelo consabido de los propietarios de esos
establecimientos hasta que empezaron a ver su productividad. Otro paso
fue crear áreas dedicadas en exclusiva a la venta de discos en las
tiendas por departamentos, que tuvo que costear Sabat hasta que
empezaron a verse las ganancias.
Entonces, ya no hay que esperar meses para adquirir el disco del
cantante que empieza a sonar en la radio. A las grabaciones de Carlos
Alas del Casino siguen las de la Sonora Matancera, la orquesta Ideal y
las de dos muchachas de voces muy líricas que se disputan el favor del
público: Olga Guillot y Dinorah Nápoles. No demoraría la Guillot en
convertirse en un ídolo. La otra se quedó en el camino y fue olvidada.
Fueron muy duros los cuatro primeros años de la Panart. Su propietario perdía dinero pero no la fe ni el impulso.
Al comienzo, el público ve los discos de Panart con recelo, como
“algo hecho en Cuba”. Sabat comprende que no puede descuidar ninguna de
las aristas de su industria. Un día decide realizar un pequeño cambio
publicitario. Cambia las etiquetas anaranjadas de sus discos por otras
azules, con un diseño más moderno. Las nuevas etiquetas tienen un efecto
mágico sobre la gente, que empieza a decir “ahora los discos están
mejor grabados que antes”, aunque la pasta sigue siendo la misma.
En 1952 Panart inaugura una moderna fábrica en la calzada de Rancho
Boyeros. Es a partir de ese momento que empieza a grabar el LP’s de 33
RPM y el disco pequeño de 45 revoluciones. Eso traerá importantes
cambios. Habrá dos mercados. Un mercado para los discos de 78
revoluciones, que serán sustituidos paulatinamente por los de 33, con
números populares de fama efímera; discos en fin para victrolas. Los que
resisten la prueba del tiempo y se mantienen en el índice de
preferencia o son de artistas que tienen ya nombre, serían la base del
catálogo de LP’s.
Otro aporte de Panart. Comienza a producir los jacket
(estuches) de los LP’s., que no es el sencillo sobre donde se expende el
disco de 78. Como no hay en la Isla medios para producir la separación
de color, Sabat recurre al silk-screen, más lento y más
vulnerable al uso, pero un procedimiento con el que se logran bellas
portadas, casi todas fruto del talento del argentino Milláns, un
magnífico dibujante. Piensa por otra parte que, prensando en Cuba discos
extranjeros aumentará la productividad y la eficacia de su fábrica; se
podrían vender más baratos en la Isla. Su proceso industrial, de
calidad, da confianza a disqueras extranjeras y es así que en la
habanera Panart empiezan a prensarse discos Odeón, Capitol y EMI, para
entonces, la disquera más grande del mundo. De esa forma tuvimos a Nat King Cole,
Sinatra, Gardel, Lucho Gatica, Edith Piaff, Frank Poursell, y Conchita
Piquer, entre otros, en discos grabados en Cuba. Cole graba en La Habana
un fonograma que es un éxito rotundo. Dicha operación propició un toma y
daca porque algunas disqueras del exterior empezaron a prensar las
placas de Panart.
Primeros y a veces únicos de Panart
Un pianista desconocido pide que le graben dos números, tan desconocidos como él mismo; se titulan “Panamá”
y “Cocoa”. No pega ninguno de los dos, y es lástima porque son los
primeros mambos que graba Pérez Prado. A partir de ese momento Panart se
anotará muchos “primeros”: graba el primer chachachá con la orquesta
América, “La engañadora”, y los primeros discos de canciones infantiles
en español los graba también Panart.
Es el único sello cubano que graba música de compositores nacionales
serios. Conforman su catálogo piezas de Edgardo Martín, Aurelio de la
Vega, Ardévol, Cervantes… Es también el primer sello en grabar música
afrocubana genuina, con los tambores batá de los cabildos de Regla y Guanabacoa y las mejores voces que defendieron ese género: Celia Cruz,
Merceditas Valdés, Bienvenido León, Eugenio de la Rosa, Facundo Rivero…
Otra primicia de Panart fue producir el primer disco de música
realmente navideña hecho en Cuba, que combinó a Fernando Albuerne con
Carmelina Rosell y el grupo de madrigalistas cubanos, cantando netamente
villancicos cubanos.
Las primeras cuban jam sessions que luego pasaran a llamarse
descargas de jazz, las hace Panart, también propicia el nacimiento de
dos nuevos ritmos, el chachachá, con la orquesta América, y la pachanga,
con Davidson. Igualmente se le debe el primer LP de música campesina,
con el Indio Naborí y Evelio Orta.
En 1954 Panart producía medio millón de discos al año y el 20% de
ellos se exportaba. Entre las placas que se quedaban en Cuba y las que
se importaban, el mercado nacional era capaz de producir unos dos
millones de pesos anuales. De 1953 a 1954, “La engañadora” vendió 13 mil
copias, “La vida en rosa”, de Los Chavales de España, diez mil, en 1950
y en el 48, Daniel Santos con “Bigote de Gato”, tuvo ocho mil grabaciones.
La Habana
representaba el 50% del mercado del disco. Oriente, el 25%, mientras
que el otro 25 % se lo repartían las cuatro provincias restantes. Con el
tiempo, Panart llegó a exportar la mitad de su producción y en los años
finales de la década del 50 dominaba el mercado de la música popular
desde el Caribe hasta Ecuador y además, vendía en el África Occidental.
Su catálogo es impresionante. Los cuatro álbumes de la serie Así cantaba Cuba, junto con los de Sindo Garay
y Eusebio Delfín, constituyen una buena selección de lo mejor que se
hizo en la trova y en la canción tradicional. Esa misma vertiente
incluye a Barbarito Diez y a la orquesta Aragón. Completan su listado charangas como la de Fajardo, Sublime y América; jazz bands como la de los Hermanos Castro, Riverside, y la de Bebo Valdés…, tríos como los de Servando Díaz y Taicuba; voces como la de Fernando Albuerne, Orlando Vallejo, Ñico Membiela, Daniel Santos, Miguel Matamoros, los Compadres, Celio González… la lista es inmensa.
Una marca internacional que nació en Cuba
Fernando Montilla nació en Puerto Rico, de padres andaluces. Se traslada a los EE.UU.
y a finales de los 40 es ya un experimentado ingeniero de sonido al
servicio de la RCA Víctor. Goar Mestre lo contrata como asesor técnico
de Radio Centro, que estaba a punto de inaugurarse. Montilla viene a La Habana y empieza a entrenar al personal en la vieja planta de CMQ en Monte y Prado.
Un día, mientras supervisa un programa, escucha a Martha Pérez cantando algo que lo cautiva: Cecilia Valdés
me llaman…. Decidió grabarla y para ello Roig acopló una orquesta de 45
profesores. En los protagónicos Martha Pérez y Panchito Nava. Comienza
la grabación pero hay que detenerla minutos más tarde. En el podio, a
Roig las lágrimas le corren por las mejillas. De pronto baja la batuta
para pasarse el pañuelo por la cara. Llora de emoción. “Es la primera
vez que la oigo como la concebí…”, explica.
La grabación de “Cecilia Valdés”
sale al mercado en 1949 bajo el sello Cafamo. Eran cuatro discos de 12
pulgadas y 78 RPM. Costaban poco más de 12 pesos. Se vende poco; el
disco de 78 revoluciones está pereciendo y aun no toman auge los LP.
A la sazón, en Nueva York, Darío Soria, con su sello Centra Soria,
está logrando un mercado limitado con sus grabaciones de óperas
europeas, generalmente italianas, poco conocidas. Montilla le da los
derechos de su Cecilia que, bajo el nuevo sello, se vende discretamente
en LP. Es Soria quien lo empuja a grabar “una hermanita” para Cecilia.
Montilla viaja a España y tras penalidades sin cuento (falta de equipo y
de fluido eléctrico) logra grabar “Los gavilanes”. Es entonces que
acomete el ambicioso proyecto de grabar en Madrid canciones cubanas. Así
reúne en la capital española a Esther Borja
y al pianista, compositor y arreglista Fernando Mulens para que graben
con el respaldo de la Orquesta de Cámara de Madrid, y un coro de cuatro
veces masculinas.
De pronto todo empieza a salir mal. Esther tiene gripe y debe grabar
con un vaso de agua con limón en la mano. Mulens tiene prisa porque debe
cumplir compromisos en Buenos Aires y a Montilla se le enferma de
gravedad un hijo y solo concurre a las grabaciones después de las 12 de
la noche. Para remate, hay racionamiento eléctrico en Madrid…
Cuando aparece el disco, Montilla que tiene el compromiso con la casa
Humara de remitirle 300 unidades de cada nuevo LP, solo remite 100. No
está convencido del efecto que causará este disco de música cubana
interpretada por españoles. La respuesta no se hace esperar. Humara le
cablegrafía de inmediato. Le pide cinco mil copias. Con “Rapsodia
cubana”, Montilla hizo el mejor disco de música cubana existente hasta
la fecha.
¿Cuál es la razón de su éxito?
El programa escogido por Esther, Mulens y Luis Carbonell
es un paradigma casi perfecto de géneros cubanos. Carbonell se esmeró
en las notas, muy buenas, algo poco frecuente. Los arreglos de Mulens
eran, sencillamente, cosa del otro mundo. Esther, que no podía dar toda
su voz a causa de la gripe, dio todo su arte. Y la orquesta, conducida
por Mulens, y con el apoyo de un puñado de percusionistas cubanos hizo
una labor impecable.
Puchito
Jesús Gorís vendía discos en la ferretería La Estrella, en Galiano
entre la peletería La Moda, que estaba en la esquina, y la joyería Le
Trianon. Eran concesionarios de Humara y Lastra y por tanto expendía
álbumes de la Víctor. Pero a escondidas, casi por maldad, vendía las
piezas de otras disqueras que con insistencia le pedían los clientes.
Un día decide quemar sus naves y abrió su propia tienda en San Rafael
esquina a Escobar. Los entendidos concedieron tres meses de vida al
negocio, ubicado fuera del tráfico disquero. Para complicar las cosas,
inicia con dos socios la producción de discos. Fue el sello Puchito,
llamado así porque la intención de la nueva empresa era la de producir
fonogramas para niños. Pero salieron al mercado con una placa que recoge
una extraña combinación de Joseíto Fernández con una canción lacrimosa
titulada “Copas y amigos” que a la mitad tenía un mini drama hablado por
los actores Martha Casañas, Juan Carlos Romero y Adolfo Beltrán. A
nivel victrolero fue un éxito enorme. Gorís que llevaba años lidiando
con el público detrás un mostrador sabía lo que quería y gustaba a la
gente. Él y sus asociados pensaron en cambiarle el nombre al sello, pero
el éxito de “Copas y amigos” los sorprendió y no tuvieron tiempo de
hacerlo.
El mejor mercado para un disco eran las victrolas. La producción que
lograra pegar en ellas se convertía en un éxito. Era una etapa en que en
las victrolas primaban los cantantes masculinos. Las mujeres vendían
mal, salvo, acaso, Toña la Negra y María Luisa Landín, ambas mexicanas,
ninguna cubana.
A Gorís le gustaba el estilo de Olga Guillot, que por entonces era un
exitazo en el cabaret Montmartre. El empresario, aparentemente, lo hizo
todo al revés y todo le salió bien. Grabó en los recién estrenados
estudios de Radio Progreso, nadie había tenido la experiencia y no en
los de la CMQ, donde grababa todo el mundo. Hizo acompañar a Olga no con
un pequeño conjunto sino con una gran orquesta. No utilizó una canción
nueva sino una difundida, ya con bastante acogida, por otros artistas.
Tampoco la canción escogida “Miénteme” era una canción cubana sino
mexicana.
Olga por otra parte había grabado ya con Panart y con Columbia y el
resultado no fue nada del otro mundo. Pero Gorís no se había equivocado.
La cancionera había desarrollado su estilo y se había soltado. Por eso
el empresario pidió al director de la orquesta que la dejara cantar en
su estilo, sin imposiciones. Olga grabó “Miénteme”, “Vivir de los
recuerdos”, “Palabras calladas” y “Estamos en paz”.
Un sencillo incluyó “Miénteme” en su cara A y “Estamos en paz” en la
B. Gorís pidió a la Panart que le prensara mil copias y Sabat aceptó la
orden con escepticismo porque si aquella mujer no vendía en su catálogo,
tampoco lo haría con Puchito. Equivocación enorme. “Miénteme” pegó en
las victrolas y en la radio de tal manera que la Guillot tuvo que
mantenerla en sus recitales hasta el fin de su vida.
Otro acierto de Puchito fue la de invitar a grabar a Abelardo Barroso
cuando era ya un cadáver musical y se ganaba la vida como tumbador de
la orquesta del cabaret Sans Souci, así como la grabación de discos
cómico-musicales con Leopoldo Fernández (Pototo) y Aníbal de Mar
(Filomeno) y el respaldo de la orquesta Melodías del 40 en “Carta de
Mamita”, “Ahorita va a llover”, etc. Aunque lo que resultaba cómico en
la radio, el teatro o la televisión no siempre funcionaba en el disco, a
partir de ese momento, los victroleros esperaron mensualmente los
nuevos discos de Olga Guillot y los de Pototo y Filomeno.
Durante los años 56 y 57, Puchito logra acaparar la mayoría de los diez primeros lugares del hit parade
nacional. Que alcanzara dichas posiciones puede considerarse lógico si
se tiene en cuenta que aparte de la Guillot tiene en catálogo a René
Cabel, Chapotín y su conjunto de estrellas con Miguelito Cuní, el
conjunto de Roberto Faz, la orquesta Riverside y su cantante Tito Gómez…
Es Gorís quien convence a Freddy de que grabe con el respaldo de una
gran orquesta.
Cuando la Panart pega con el guaguancó “La sopita en botella”, Gorís se va a Matanzas y contrata a los Muñequitos… y graban “Los muñequitos” y “Los beodos” en la voz de Virulilla… dos clásicos.
Kubaney, Gema, Discuba
En 1955, Mateo San Martín, empleado de una filial de Humara y Lastra,
decide independizarse y abre su propio establecimiento para la venta de
discos y equipos eléctricos. Hace de intermediario entre Esther Borja y Luis Carbonell,
de una parte, y de Montilla, por otra, para hacer el disco en que
Esther cantaría a varias voces, grabando y regrabando su propia voz,
cosa fácil de hacer hoy pero una hazaña para la época. Mateo terminó de
productor del disco, que acometió con 500 pesos prestados, se grabó en
los estudios de Radio Progreso debido a la gentileza de los hermanos
Fernández.
En 1956 parecía que no había en Cuba espacio para una nueva disquera.
Panart, Puchito y Víctor cubrían el sector más popular, tanto en la
radio como en las victrolas, mientras que Montilla y Kubaney cubrían una
música de carácter más permanente.
Sin embargo, a comienzos de 1957, el compositor Ernesto Duarte (“Cómo
fue, no sé decirte cómo fue, no sé explicarme qué pasó, pero de ti me
enamoré…”) y los hermanos Emilio y Guillermo Álvarez Guedes deciden crear un nuevo sello, Gema.
Pensaron con razón que en Cuba, en aquella década fabulosa de los
50, había mucho talento y su primer empeño fue grabarle a un joven
timbalero a quien le estaban dando las primeras oportunidades como
cantante. Rolando La Serie cantó “Mentiras tuyas” con estilo propio,
como para demostrar que sabía hacerse de un tiempo dentro del tiempo. A
ese modo de interpretar se le llamó “guapear la canción” y La Serie pasó
a ser, en aquella época de ditirambos, “El guapachoso”.
Álvarez Guedes y Duarte, y luego Álvarez Guedes solo descubrieron
talentos como Fernando Álvarez, a quien nadie daba la oportunidad de
presentarse como solista pese a su tránsito por varias orquestas. Gema
le dio la posibilidad, como Panart, en su momento, a Orlando Vallejo.
Otras veces Gema fue al pasado para resucitar a figuras como el trovador
Codina. De Frank Domínguez obtienen bajo este sello lo que nadie hasta
entonces. Graban a Elena Burke, al Jilguero de Cienfuegos, a Chanito Isidrón, el mejor improvisador que ha dado Cuba.
Sentía la Víctor el impacto de la competencia y la realidad aconsejó a
sus ejecutivos que empezaran a trabajar con un sello local. Nació así
Discuba en los finales de la década del 50, aún así aprovechan muy bien
el tiempo y graban cuatro LP´s de Benny Moré y siete de la Orquesta Aragón.
No solo eso. Se grabaron dos LP´s de la Lupe. Revivieron los órganos
orientales con los Hermanos Ajo. También tuvieron su oportunidad Pacho Alonso,
el quinteto Los Dulzaides, El Piano Sabor de Juan Bruno Tarraza,
Armando Manzanero, que entonces empezaba. Fueron reeditados los discos
del catálogo de la Víctor: Cuarteto de Aída, Xiomara Alfaro y las obras
de piano ejecutadas por Ernesto Lecuona y Gonzalo Roig.
Otros sellos
Arturo Machado empezó en 1959 pero con mucho impulso. Era presidente
de los victroleros de Cuba y dueño de una gran cantidad de victrolas.
Era, por tanto, un gran comprador de discos. ¿Por qué no producirlos si
conocía bien el mercado y el gusto del público? Además, como victrolero y
disquero, podía correr riesgos en los que no incurrían sus colegas,
como lanzar 15 mil discos de 45 RPM cuando lo normal era empezar por mil
y aguardar para ver qué pasaba. Así nació el sello Maype.
En aquellos días las disqueras atravesaban por una etapa de indecisión. Maype en cambio grababa a diario y dio oportunidades
a muchos artistas que empezaban, como Orlando Contreras y Lino Borges.
Pero también grabaron Chapotín y Cuní, Barroso con la orquesta
Sensación, Cachao, Neno González, Blanca Rosa Gil…

El compositor Ernesto Duarte separado de Álvarez Guedes crea su
propio sello y consigue el éxito con su primera grabación: Rolo Martínez
canta “Échame a mí la culpa”, una ranchera mexicana en ritmo cubano.
También en las postrimerías de los 50, Nilo Gómez de la discoteca La
Moda lanza su propio sello Modiner e incluye a Ñico Membiela en su
catálogo.
En 1960 aparece el sello Velvet, donde graban Omara Portuondo y María Teresa Vera. Otros sellos cubanos fueron Meca, Decca-Suaritos, Sonotone, Neptuno…